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Los primeros clubes deportivos (2º)

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La manera de entender la práctica deportiva provocó duras polémicas casi desde sus comienzos, especialmente, la cuestión de si la práctica deportiva debía ser amateur o profesional. En principio, cuando el deporte era un signo de distinción social de la aristocracia y la burguesía británica, el amateurismo era la única forma posible de competición.

Con el tiempo, la profesionalización fue una opción por las que se iban decantando los distintos deportes y deportistas según su extracción social y otras cuestiones, que en aquellos años determinaban el nuevo universo deportivo y que servían para un continuo debate. Eran tiempos en que se dirimía la “propiedad” del deporte y la manera de presentarlo ante la sociedad tenía mucha importancia. Eran momentos cruciales para su futura expansión.

Desde sus primeros momentos, el deporte fue un medio de promoción social. Los buenos deportistas solían gozar de la simpatía y la admiración del resto de la sociedad. Cuando estos procedían de las clases más humildes tenían, gracias al deporte, más facilidad para optar a trabajos cercanos a las clases sociales más acomodadas. A partir de mediados del siglo XIX, los primeros profesionales atrajeron la atención de los clubes formados por miembros de las clases medias que comenzaban su incorporación a la organización y fomento del deporte, actividad nueva y prestigiosa de la que no querían quedarse apartados.

Los clubes y asociaciones dictaron e implantaron duras normas sobre el amateurismo. Como ejemplo podemos decir que cualquier trabajador que en su vida cotidiana tuviera que realizar ejercicios corporales (marinero, albañil, etc.) era considerado como profesional y por lo tanto no podía participar en las pruebas organizadas por clubes amateurs. Ni que decir tiene que en estas restricciones se dejaba ver un interés de clase, tratando de impedir la participación de miembros de otros sectores sociales, mal vistos entre los habituales practicantes de actividades “tan selectas”.

El Amateur Athletic Club, con sede en Londres, definía en 1866 al atleta amateur como: “…todo gentleman que nunca haya tomado parte en una competición pública; que no haya combatido con profesionales por un precio o por dinero que proviniese de las inscripciones o de cualquier otro sitio; que en ningún periodo de su vida haya sido profesor o monitor de ejercicios de este tipo como medio de subsistencia: que no sea obrero, artesano, ni jornalero”.

Cuando en 1880 se fundó la Amateur Athletic Asociación la regla que excluía a los trabajadores ya no tenía vigencia, aunque la profesionalización siguió prohibida. A estos criterios de amateurismo hubo excepciones como las del cricket y el golf, cuyos jugadores podían ejercer como profesores en las public schools. En 1860 se organizó en Escocia el primer campeonato open de golf; participaron amateurs de los clubes ricos y profesionales: estos solían ser antiguos caddies. En las carreras de caballos siempre se aceptó el profesionalismo, probablemente debido a las apuestas que las rodeaban.

Fútbol y rugby desde sus comienzos como tales, estuvieron en continua contradicción de criterios. Tras su definitiva separación, la Asociación de Fútbol (1863) se decantó hacia el profesionalismo y la de Rugby (1871) apostó por el total amateurismo.

Podemos decir que, salvo algunas excepciones, hasta la Gran Guerra la práctica deportiva se realizó por afición y satisfacción personal, y el Fair Play (juego limpio) se intentó mantener por la mayoría de los deportistas.

No obstante, y como prueba de la dificultad de la relación y separación entre amateurismo y profesionalismo, podemos mencionar a modo ilustrativo que en la Copa del Mundo de Fútbol celebrada en 1934, Inglaterra se negó a participar al no llegar a un acuerdo con la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) sobre la precisa definición de amateur.

Antonio Rivero es Doctor en Historia Contemporánea y Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, así como autor de varios libros sobre la historia del deporte.

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