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Una encrucijada diabólica  
FERNANDO M. CARREÑO (fernandom@recoletos.es)  
Puede parecer ridículo o digno de Perogrullo, pero que el tenis tiene en la lluvia uno de sus grandes enemigos es una verdad como un templo, y ha podido apreciarse una vez más en estas tres jornadas (y quien sabe las que quedan) en que el US Open ha tenido que jugarse en pequeñas dosis a consecuencia de la climatología neoyorquina. Y no hablamos de las molestias para jugadores o título sino, sobre todo, de la nefasta influencia que tienen las interrupciones para la televisión.
El tenis ya es un deporte de dificil encaje con los nuevos tiempos televisivos de parrillas móviles y contraprogramación. Para los encargados de confeccionar la programación diaria, una retransmisión deportiva de duración indeterminada, que en el caso de un Grand Slam puede oscilar entre noventa minutos o cinco horas, es ya un plato de difícil digestión, pero si ya se le suma la incertidumbre de saber si el partido se jugará o no causa de la lluvia es una especie de maldición de la que huir. Así, en los últimos años el tenis ha pasado por varios intentos de cambiar no ya su forma de juego (como son los intentos por modificar la relación de fuerzas en el saque) sino su misma naturaleza (convertirlo en un deporte que funcione en una lucha 'por tiempo' en vez de 'por resultado') que han llegado invariablemente por parte de la televisión. Se está intentando, y probando a nivel oficial, reducir el número de juegos por set, de ajustar los partidos a una duración fija... Todo en pos de cambiar la épica de la lucha por la victoria por el encaje en las parillas de programación y esto, quiérase o no, es un debate diabólico, pues con cualquier decisión que se adepte, el tenis saldría perdiendo: si se dejan las cosas como están, el tenis cada vez tendrá menos presencia en las cadenas generalistas de TV (y difícilmente en las deportivas) salvo caso de grandísimos eventos, por lo que no tendrá precisamente fácil captar nuevo público y mercados. Si se cambia, veremos un deporte que se puede jugar entre dos o cuatro jugadores provistos de raquetas y separados por una red, pero que ya no será tenis.
No se trata de ser conservadores a machamartillo, sino de señalar que ninguna de las ideas hasta ahora propuestas parecen apropiadas para salvar tanto la difusión del tenis como la naturaleza del juego. No estaría mal pedirles a las señoras y señores de ATP, WTA e ITF alguna idea más imaginativa, que cobran lo suficiente como para poner su cerebro a trabajar en serio.
 
   
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