Entiendo a Cheikh Sarr encarándose con el furibundo racista. Entiendo a Iñigo Martínez no dejándose insultar, resistiéndose a aguantar la lengua del niñato. Y comparto el orgullo por su sangre gitana de Quique Sánchez Flores. Y cómo no voy a entender la rabia de Vinicius contra los energúmenos que vocean aireando gestos racistas. Pero aquí algo no funciona si la víctima tiene que salir en su defensa harta de aguantar al agresor, como si estuviése
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