|
Una
bola que sólo vieron fuera Kuerten y un juez de línea no
merecía ser el epílogo de este Roland Garros. Dos juegos
más -el 6-6 se decidió tras 24 puntos-, y un tie break -el
del cuarto set- en los que Norman salvó hasta un total de
diez bolas de partido, desde luego que sí. En ese momento,
la muñeca de Norman perdió muchas condiciones: la infabilidad,
el número uno de la Carrera de Campeones, que cedía al brasileño
-"él merece ser el número uno como yo el dos", aseguraba
el sueco-, y haber adquirido una repentina popularidad por
juntarse con la de Martina Hingis.
La final de Roland Garros hizo justicia con Magnus Norman,
un tenista que merece el mismo tipo de fama que se labraron
sus precedentes suecos Edberg, Wilander o Borg, la que se
construye por su excelente juego y no la que le ha dado
su novia suiza. Entretanto, Gustavo Kuerten conseguía su
segundo título en París, abonándose a la épica, lo mismo
que le salvó ante Kafelnikov y Ferrero. Sin embargo, a diferencia
de las dos rondas anteriores, no fue él al que le tocó reaccionar.
Su cómoda ventaja cuando se inició el tercer set -se había
impuesto en los dos primeros- anuló cualquier dolor de espalda,
los mismos por los que se llegó a plantear la retirada el
día anterior.
Los
reflejos de la derecha de Guga no dañaban ninguna zona de
su cuerpo, sólo hacían daño en Norman, que sumó en las dos
primeras mangas todos los errores no forzados que no había
realizado en quince días de torneo. La final comenzaba a
forjar un ganador. Pero, de repente, algo cambió. Norman
se acordó que es sueco, una cualidad que aúna la frialdad
con un repertorio tenístico incalculable. Rompió por dos
veces el servicio de Kuerten y se anotaba el tercer set.
Norman había traspasado las sombras a Guga -necesitó dos
veces la asistencia del masajista-, especialmente cuando
lograba acabar con su servicio en el primer juego de la
cuarta manga.
Pero entonces apareció el Kuerten que disfruta con las adversidades
y con el que la torcida se vuelve loca gritando 'Guga, Guga'.
Nivelaba el partido con dos break, en el segundo y octavo
juego, y le metía toda la presión a Norman, tras sumar su
servicio. Fue entonces cuando comenzó la verdadera final.
Un título que sólo asió Kuerten después de once puntos de
partido. El brasileño igualó a Bruguera en el número de
Grand Slams de tierra batida, y convertía el recinto de
Roland Garros en un sambódromo.
|
|