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Kuerten acaba con la resistencia de Norman y gana su segundo Roland Garros  

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MIGUEL ALBA # París  

Una bola que sólo vieron fuera Kuerten y un juez de línea no merecía ser el epílogo de este Roland Garros. Dos juegos más -el 6-6 se decidió tras 24 puntos-, y un tie break -el del cuarto set- en los que Norman salvó hasta un total de diez bolas de partido, desde luego que sí. En ese momento, la muñeca de Norman perdió muchas condiciones: la infabilidad, el número uno de la Carrera de Campeones, que cedía al brasileño -"él merece ser el número uno como yo el dos", aseguraba el sueco-, y haber adquirido una repentina popularidad por juntarse con la de Martina Hingis.
La final de Roland Garros hizo justicia con Magnus Norman, un tenista que merece el mismo tipo de fama que se labraron sus precedentes suecos Edberg, Wilander o Borg, la que se construye por su excelente juego y no la que le ha dado su novia suiza. Entretanto, Gustavo Kuerten conseguía su segundo título en París, abonándose a la épica, lo mismo que le salvó ante Kafelnikov y Ferrero. Sin embargo, a diferencia de las dos rondas anteriores, no fue él al que le tocó reaccionar. Su cómoda ventaja cuando se inició el tercer set -se había impuesto en los dos primeros- anuló cualquier dolor de espalda, los mismos por los que se llegó a plantear la retirada el día anterior.
Los reflejos de la derecha de Guga no dañaban ninguna zona de su cuerpo, sólo hacían daño en Norman, que sumó en las dos primeras mangas todos los errores no forzados que no había realizado en quince días de torneo. La final comenzaba a forjar un ganador. Pero, de repente, algo cambió. Norman se acordó que es sueco, una cualidad que aúna la frialdad con un repertorio tenístico incalculable. Rompió por dos veces el servicio de Kuerten y se anotaba el tercer set. Norman había traspasado las sombras a Guga -necesitó dos veces la asistencia del masajista-, especialmente cuando lograba acabar con su servicio en el primer juego de la cuarta manga.
Pero entonces apareció el Kuerten que disfruta con las adversidades y con el que la torcida se vuelve loca gritando 'Guga, Guga'. Nivelaba el partido con dos break, en el segundo y octavo juego, y le metía toda la presión a Norman, tras sumar su servicio. Fue entonces cuando comenzó la verdadera final. Un título que sólo asió Kuerten después de once puntos de partido. El brasileño igualó a Bruguera en el número de Grand Slams de tierra batida, y convertía el recinto de Roland Garros en un sambódromo.

 
   
  
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