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SEP
28
2008
Paul Newman jugaba limpio
La carrera cinematográfica de Paul Newman, fallecido el pasado sábado a los 83 años, no sólo le señala como uno de los grandes, o de los más carismáticos, actores norteamericanos, sino como el representante por excelencia de un carácter tÃpico del deporte: el tenaz, individualista, heterodoxo, muchas veces marginal y finalmente fiable personaje que lucha en un ambiente hostil, generalmente en solitario, contra la corrupción del sistema o contra la vulneración de las reglas. En este capÃtulo, Paul Newman pertenece a la misma raza que Steve McQueen. No es casualidad que ambos fueran espÃritus libres, participantes en la maquinaria comercial de Hollywood, pero nunca fagocitados por la industria. Digamos que representaban una vÃa alternativa al sistema. Una vÃa autónoma y humana.
Hay quienes discuten la calidad de Newman como actor, sobre todo en sus primeras pelÃculas, donde algunos de sus crÃticos observan una tendencia a la sobreactuación, favorecida por su temprana adscripción a lo que se conoció como El Método. Newman perteneció a la generación de actores que, a finales de los años 40 y durante la década siguiente, se empapó en el ideario de la escuela de Lee Strassberg y el famoso método Stanislavsky. La intensidad forzada y el exceso caracterizaron a muchos de los principales representantes de aquella generación, con Marlon Brando a la cabeza ("Brando es el prototipo de actor que siempre está por encima del personaje, por encima de la historia, por encima de la pelÃcula", Fernando Trueba, Diccionario del cine, Ed. Planeta. Amén). Producto de aquella escuela, Newman se adjudicó pronto una peculiaridad que le puso a salvo de muchos desafueros. Era un actor que llenaba la pantalla y conectaba naturalmente con los espectadores. CaÃa simpático. El público estaba de su parte, fuera cual fuera su papel. Esa cualidad le significó una ventaja considerable sobre la mayor parte de los actores de los últimos 50 años, hasta convertirle en un gigante de la interpretación.
Newman terminó por aligerarse de tics. En su caso, la naturalidad venció a las normas del método interpretativo. Ese interés por acomodar las normas a su carácter, por discutirlas pero no violentarlas, por proclamar el valor de lo individual frente a los designios del sistema, es lo que distingue a Paul Newman. Todo ello con un compromiso social indiscutible, aunque no estridente. En una época de estrellas vanidosas y muy poco consistentes, Newman atravesó seis décadas con una reputación creciente como actor y como sÃmbolo de integridad. Fue una voz noble y razonable en todas las causas que se asocian con la justicia social: la lucha contra la desigualdad, la segregación, la pobreza y el militarismo.
Siempre hubo una sensación de juego limpio en Paul Newman. Probablemente pocos actores habrán interpretado más papeles de tramposos, buscavidas y marginales. Y, sin embargo, en cada uno de ellos era difÃcil no ponerse de su parte. Pocos actores, quizá ninguno, ha disfrutado de su capacidad para transmitir confianza en el género humano. Se podrÃa hablar de una especie de naturaleza deportiva en Newman. De hecho, siempre proclamó su pasión por el deporte, hasta el extremo de convertirse en uno de los personajes más caracterÃsticos del mundo del automovilismo en los Estados Unidos, tanto en su condición de piloto como en su trayectoria como propietario de escuderÃa. Esa pasión jamás le abandonó. Conoció los circuitos norteamericanos y los europeos –fue segundo en las 24 horas de LeMans en 1979- y estiró más allá de lo prudente su carrera como piloto. Con 70 años formó parte del equipo que ganó las 24 horas de Daytona.
"Siempre supe que estaba más dotado para pilotar que para cualquier otra cosa en la vida", confesó poco después de participar en la pelÃcula 500 millas, en 1969. Tanto Newman como McQueen parecÃan hechos para el mundo de la velocidad. Les gustaba tanto competir como sentirse hombres libres. Los desafÃos del deporte les servÃan como válvula de escape, desafÃos que figuran en la filmografÃa de Newman desde el comienzo de su carrera. Muy pronto, en 1956, dio cuerpo al protagonista de
Marcado por el odio , pelÃcula que recorre la vida del gran boxeador Rocky Graziano, uno de los grandes pesos medios de la historia. Fue un éxito instantáneo y convirtió a Paul Newman en uno de los actores más prometedores de Hollywood. Era guapo, tenÃa tirón y no esquivaba papeles difÃciles, o tortuosos, como su interpretación de Brick, el ex jugador de fútbol americano que esconde, bañado en alcohol, su condición gay frente a Elizabeth Taylor en
La gata sobre el tejado de zinc , basada en la popular obra de Tennessee Williams. Pero fue su actuación en
The hustler (El buscavidas) la que significó su definitiva consagración. Dirigida por Robert Rossen en 1960, la pelÃcula muestra a tres personajes inolvidables: Fast Eddie Felson (Paul Newman), un jugador de billar curtido en los bajos fondos que amenaza la hegemonÃa de El gordo de Minnesota, interpretado magistralmente por Jackie Gleason, en medio de una tormentosa relación con la alcohólica y tullida Sarah Packard ( Piper Laurie) y un agente sin escrúpulos, Bert Gordon (George C.Scott).
La pelÃcula figura como un clásico del cine. Como tantas veces en sus mejores pelÃculas, Paul Newman tiene que pagar en
El buscavidas un enorme precio por sus borrascosos desafÃos. En este caso, es el suicidio de su amante. El triunfo moral, a través de derrotas personales, está en la esencia de los personajes de Paul Newman. En
La leyenda del indomable , donde interpreta maravillosamente a Cool Hand Luke, es el rebelde de una prisión sureña que se niega a aceptar el cruel y corrupto sistema carcelario. O en Ausencia de malicia o en Veredicto final, una de las mejores pelÃculas de los últimos 30 años, donde Paul Newman y James Mason protagonizan un duelo sublime que retrata las alcantarillas del sistema judicial y de su utilización por los poderosos. En todas ellas, o en sus grandes éxitos comerciales, como
El golpe ,
Dos hombes y un destino o
El color del dinero – el corolario a
El buscavidas que Martin Scorsese diseñó para homologar a Tom Cruise como un actor respetable-, Paul Newman camina por el filo de la navaja entre las reglas sociales de la moral. En un caso es un jugador de ventaja, decididamente tramposo, pero capaz de distinguir claramente entre el bien y el mal. No es un personaje muy diferente del bandido que emprende una aventura contra las convenciones en
Dos hombres y un destino o el viejo billarista que observa su pasado a través del impetuoso Tom Cruise en
El color del dinero .
Tanto en el drama como en la comedia, por ejemplo en
El estacazo , el delirante retrato de la violencia en los márgenes de la NHL (Liga de Hockey sobre hielo), Paul Newman transmite la credibilidad última en el hombre. Lo hace mejor que nadie porque es Paul Newman y la gente le cree, le quiere, confÃa en él. El público sabe que es un actor y un hombre de una pieza, de los que llenan la pantalla inmediatamente y ganan siempre por puro carisma. Asà fue su carrera y ése será el legado que deja Newman.