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DIC 03 2008

Marca de la casa

SANTIAGO SIGUERO

El 25º aniversario de la irrupción en la elite de la Quinta del Buitre es una ocasión perfecta para reivindicar el valor de la cantera, y en especial el de una generación de futbolistas quizá irrepetible. Tanto desde el punto de vista deportivo como económico, sin olvidar el factor emocional, todos los clubes sueñan con hallar una veta similar a la que surgió en la vieja Ciudad Deportiva a principios de los años 80.

No es fácil, desde luego, encontrar en el mismo semillero cinco futbolistas de semejante talento, todos ellos distintos, todos ellos complementarios. ‘El Brujo’ Amancio Amaro sabía perfectamente qué clase de material manejaba antes de ponerlo en manos del maestro Don Alfredo, que lo administró con tacto y con sapiencia, sin dejarse influir por el entorno. Así, Butragueño, el estandarte del grupo, fue sólo el tercero en debutar, y Michel, capitán de aquel histórico Castilla campeón, llegó a meditar su salida del club, porque le había perdido el paso al grupo.

Valor incalculable

No se puede calibrar –en términos económicos– cuánto le costó al Madrid forjar la Quinta. Pero, teniendo en cuenta que en un cuarto de siglo no ha habido otra generación igual, es fácil hacerse una idea. Además, hay cosas que no tienen precio, como la impronta de la casa, sus valores, que todos aquellos chavales llevaban ya varios años mamando. Cuando su calidad se unió al carácter de los veteranos (Juanito, Camacho, Santillana) y los ‘machos’ llegaron para cubrir los huecos pendientes, el resultado fue simplemente deslumbrante. Hubo días malos, pero un altísimo porcentaje de sus partidos eran bellísimos ejercicios de estilo, una apuesta por el buen gusto insólita en esos tiempos. Aquel Madrid de la Quinta prendió en España la llama del buen fútbol, de la que, paradójicamente, el Barcelona ha llegado a ser el principal beneficiario. Y ahora las mejores perlas se cultivan en La Masía. Pero ésa es otra historia...

Cierto es que a ese equipo le faltó la Copa de Europa, la culminación natural de un sueño que parecía predestinado al final feliz. Por suerte, Manolo Sanchis mantuvo viva la llama y se cobró la deuda por duplicado. En 1998, cuando el Madrid ganó la ‘Séptima’, dicen que salieron a la calle un millón de personas. Si la conquista se hubiera producido diez años antes, cuando el PSV se cruzó en el camino de los blancos, la fiesta habría sido mucho mayor. Todos los madridistas hubieran sentido aquella Copa que nunca llegó como mucho más suya. Y lo hubiera sido, seguro.



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